Todo depende de unos Presupuestos más inciertos que nunca

5 DIAS, Opinión

La cuestión catalana ha capturado a la economía en los últimos trimestres, especialmente desde que los soberanistas rasgaron su careta y comenzaron a pisotear la ley y desobedecer sediciosamente las órdenes judiciales; pero una consecuencia de segunda ronda es que ha condicionado la actividad política y ha paralizado la parlamentaria, de la que deberían emanar las soluciones en un momento de palmaria fragmentación política en la que ningún partido tiene por sí solo una mayoría suficiente para gobernar. El daño hecho a la actividad económica parece haberse conjurado por una recuperación consistente en Cataluña, aunque nunca sabremos cuánto mejor hubiere sido el desempeño de la economía en caso de que en tal región no hubiese surgido la crisis política en la que está atrapada desde hace años.

Pero el efecto realmente perverso que puede echar por tierra la legislatura no se ha superado. No podemos aceptar que la economía vuela sola y se ha desligado de los buenos y de los malos designios de la política, porque aunque pueda afirmarse hoy, quizás no mañana. Tarde o temprano la crisis política se filtra a los negocios y a las decisiones de los agentes económicos. La falta de reformas, la falta de Presupuestos, la falta de financiación autonómica, la falta de garantías para las pensiones; etc. puede terminar cambiando el estado de ánimo de los españoles, contraer sus decisiones de demanda y paralizar la generación de empleo.

Las opciones de que la agenda reformista se reactive en esta legislatura no son muchas, más bien pocas, casi nulas; pero la posibilidad cierta de que no haya Presupuestos puede precipitar un adelanto electoral sin que exista garantía alguna de que tras tales comicios haya mejor aritmética parlamentaria y mejores soluciones para el país. El Gobierno quiere aprobar los Presupuestos en dos semanas para que el trámite de Cortes permita el visto bueno en junio. Pero sus socios están pendientes el uno del levantamiento del artículo 155 en Cataluña, y el otro calculando de reojo los réditos electorales de mantener la gobernabilidad o de romperla.

Todos los grupos coincidieron tras las elecciones de 2016 en que el encargo de los españoles en las urnas era hablar y pactar; que nadie tenía mayoría y que gobernar y contribuir a gobernar era responsabilidad de todos, y que a cada uno se le exigirían cuentas en función del número de asientos que tenía en la Cámara. Pero la imposición de los criterios propios y tensar la cuerda hasta la ruptura ha sido el criterio de varios grupos, ahora ya rehenes de una campaña electoral que han puesto en marcha ellos mismos cuando faltan meses para las urnas. Cada uno ha echado sus cuentas, pero las de los españoles dependen de su responsabilidad ante decisiones políticas y económicas trascendentales.

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