Wall Street, diez años después de Lehman Brothers

EXPANSION, Mercados

Brókeres de Wall Street celebran los 25.000 puntos del Dow Jones de Industriales.

El eco de la mayor quiebra de la historia aún cruje en los parqués, pero Estados Unidos pretende regresar a la casilla de salida de la regulación con un objetivo: que la fiesta continúe en Wall Street.

El aliento de la crisis molestaba a los mercados, así que la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos aplicó el séptimo recorte de los tipos de interés en menos de un año. De esta manera arrancó septiembre de 2008, el mes que apagó la soberbia de Wall Street y que fue el último para Lehman Brothers, el cuarto banco americano de inversión que hizo aguas dejando un agujero de más de 639.000 millones de dólares (545.000 millones de euros), el mayor en la historia corporativa.

Casi una década después del colapso del sistema financiero que se llevó por delante el 50% del valor de Wall Street, Estados Unidos quiere borrar ese sombrío capítulo de su historia, lo que para algunos es una señal de que la crisis se repetirá tozudamente y, para otros, la única manera de perpetuar el recorrido alcista de los mercados.

La quiebra del sistema se produjo hace diez años por la sobrevaloración de activos inmobiliarios y la concesión de hipotecas (que luego se colocaban en el mercado en pequeños paquetes) a clientes de los que no se analizaba la solvencia. Los excesos en las valoraciones y el abuso del riesgo en un escenario de bajos tipos de interés provocaron un cóctel explosivo que hizo saltar por los aires a los mercados.

Tras salvar su sistema financiero como primera e inmediata medida, el Gobierno de Estados Unidos, ya con Barack Obama a la cabeza, propició una nueva regulación con la intención de devolver la confianza a los inversores y con la pretensión de evitar otro caso Lehman Brothers.

La norma que buscaba acabar con los excesos se llamó ley Dodd-Frank (también conocida como ley de reforma de Wall Street y de protección al consumidor) y se aprobó en julio de 2010. La legislación puso en marcha cambios radicales en el sistema y amparó el nacimiento de los test de estrés, la supervisión exhaustiva de las entidades consideradas sistémicas y los controles que buscaban eludir nuevos rescates con fondos públicos.

Para cuando la ley Dodd-Frank nació, los principales índices de Estados Unidos ya habían tocado fondo y llevaban más de seis meses de un recorrido alcista que no ha finalizado desde entonces.

Es decir, Wall Street acumula más de nueve años de subidas, un periodo insostenible para muchos y perfectamente razonable para otros. «La recuperación podría durar otros trece años», defiende Jamie Dimon, consejero delegado de JPMorgan.

La corriente empeñada en que la fiesta continúe está encabezada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. El empresario reconvertido a político llegó al poder con la promesa de estimular aún más la recuperación. Su ingrediente principal fue una rebaja masiva de impuestos que ahora quiere aderezar con un proceso de desregulación que, en última instancia, busca desmantelar la ley Dodd-Frank.

La obsesión de Trump por acabar con el legado de Obama se topa así con la regulación que, tal vez, mejor haya contribuido a devolver la confianza de los inversores. La contrapartida, sin embargo, es que a mayor control menor riesgo y, como consecuencia, menos crecimiento.

De momento, Trump ha conseguido que el Congreso apruebe una serie de normas que suavizan el camino a los bancos pequeños y medianos al elevar de 50.000 millones a 250.000 millones de dólares el umbral de activos por el que una entidad se considera de riesgo sistémico y, por lo tanto, más sometida que el resto al escrutinio de los reguladores.

El cambio reduce a doce las firmas que forman parte de la categoría de bancos demasiado grandes para caer. Antes, 40 de las más de 5.670 entidades que operan en Estados Unidos estaban sujetas a esa regulación.

En la práctica, esto significa que los bancos medianos no tendrán que presentar a la Reserva Federal planes para su desmantelamiento (los llamados testamentos vitales) ni someterse todos los años a los test de estrés. Estos exámenes son clave para los inversores, puesto qu e condicionan el reparto de los dividendos y los planes de crecimiento e inversión de las entidades financieras.

Jerome Powell, designado por Trump para sustituir a Yellen al frente de la Fed, parece estar en perfecta sintonía con el inquilino de la Casa Blanca. El banco central de Estados Unidos acaba de dar el primer paso para relajar la norma Volcker (que debe su nombre al expresidente de la Fed, Paul Volcker), promulgada en 2010 por la Administración de Obama y que prohíbe a los bancos realizar actividades especulativas de riesgo con los fondos de sus clientes en busca de su propio beneficio.

Dos visiones

Para Powell, los cambios buscan «reemplazar los requisitos excesivamente complejos e ineficientes por un conjunto más racional de medidas».

Para los críticos, implican el principio del fin del control de riesgos y abren una cuestionable etapa en la que los bancos podrían ver de nuevo desatada su ambición.

El camino de los tipos de interés dibujado por la Fed también busca culminar cuanto antes el llamado proceso de «normalización» de la política monetaria. Pese a las incertidumbres comerciales derivadas de las políticas proteccionistas de Trump, la nueva Fed ha dejado a un lado la contención para anunciar sus intenciones de acelerar el ritmo previsto de subidas de tipos.

De esta manera, pretende aplicar cuatro incrementos este año y así sucesivamente hasta dejar las tasas por encima del 3% a finales de 2020. Hoy, se sitúan ya en el 2%, el mismo nivel en el que se encontraban en septiembre de 2008. El camino de los tipos está siguiendo el proceso inverso al de hace diez años. En algo más de un ejercicio, se esperan seis alzas.

La economía, creciendo a ritmos del 3%, sostiene este escenario. Falta por ver si los mercados sabrán mantener las formas ante tal bonanza económica.

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