Las ideas de los candidatos a liderar el PP

Economia, EXPANSION

Soraya Sáenz de Santamaría (i) parte como favorita en las encuestas… y del equipo económico del PP. La apoyan Cristóbal Montoro, Álvaro Nadal, Fátima Báñez, Íñigo de la Serna e Íñigo Méndez de Vigo. Si ella gana, la gestión y los resultados estarán por encima del márketing político y de la seducción ideológica. A la candidatura de María Dolores de Cospedal (d) se han adherido los exministros Juan Ignacio Zoido, Dolors Monserrat, Rafael Catalá e Isabel Gª Tejerina. Cospedal quiere volver a situar los valores clásicos del centro derecha «en el frontispicio del proyecto». La política por delante de la gestión, o como palanca de ésta.

La renuncia de Rajoy ha abierto en canal el partido. Seis candidatos se enfrentan en la carrera ‘popular’, que debe servir para la refundación ideológica. Si no, el PP arrastrará los pies a rebufo de Ciudadanos.

«Este hombre presenta, sin fecha, su dimisión, ¡que nunca le vamos a aceptar! ¡Y esta carta la rompo delante de vosotros, porque no hay tutelas, ni hay tu tías!». Una, dos, tres veces intentó romperla Manuel Fraga, hasta que a la cuarta fue la vencida. La rasgó otra vez más entre aplausos, mientras José María Aznar se echaba las manos a la cara, abrumado. En ese congreso de Sevilla de 1990, tan lejano ya, el presidente fundador del PP dio un paso al lado para que el partido pudiera renovarse y rejuvenecer su armazón ideológica, rompiendo el cordón umbilical que lo unía con la derecha postfranquista. En ese momento, el PP comenzó el camino hacia La Moncloa, porque fue entonces cuando los populares se preguntaron: ¿Qué ideas debemos primar? ¿Qué queremos ser?

A partir de las ideas, se construyó el proyecto. Por eso ese congreso propició el viraje de los populares hacia una propuesta de centro derecha reformista y liberal. El experimento les funcionó en las urnas. Tres años después del arrebato de Fraga, Aznar le disputaba la presidencia a Felipe González de tú a tú, y en 1996 consumaba el sorpasso. Desde entonces, el PP ha mantenido la velocidad de crucero ideológica. Se ha actualizado al compás de la actualidad. En la oposición era un partido más duro -crispado a veces- y en el Gobierno, más pragmático, con una concepción política en exceso administrativa.

Veintiocho años después de Sevilla, el PP está obligado a volver al punto refundacional de un relevo sin tutelas ni tu tías. Será en Madrid, en el congreso extraordinario que se celebrará los días 20 y 21 de julio. En él se decidirá cuál de los dos candidatos que pasen a la final (los más votados hasta el 5 de julio) se convierte en el nuevo presidente popular.

Ahora toca el debate de las ideas, pendiente desde hace al menos siete años. Pero no todos los candidatos se han dado cuenta aún de que eso es lo mollar del proceso de sucesión de Rajoy. Después de romper las gruesas costuras del marianismo, el PP anda embotado, en shock. El partido que tenía complejo dactilar ha acabado acumulando nada menos que seis aspirantes a presidirlo, más un séptimo en entredicho, José Luis Bayo, al que la comisión organizadora no le acepta los avales (debe solucionarlo hoy y dice que no puede).

Dos favoritas

6 candidatos 6, todo un paseíllo de aspirantes. Más que ningún otro partido. Soraya Sáenz de Santamaría, María Dolores de Cospedal, Pablo Casado, José Manuel García-Margallo, José Ramón García Hernández y Elio Cabanes. Al final, sí que había hambre de balón; lo único que ocurría era que los sucesores naturales de Rajoy se estaban midiendo. Sobre todo, el que hasta el lunes era el favorito claro, Alberto Núñez Feijóo, que ha renunciado a la carrera electoral entre lágrimas.

Por primera vez en la democracia española, ninguno de los candidatos a las primarias de un gran partido cuenta con la ventaja de ser el elegido o la elegida del aparato. Por primera vez, no hay un hombre ungido, sino dos favoritas. Mujeres. También eso está mutando en el centro derecha español.

Eso es un punto a favor de la regeneración del PP, pero también acarrea contraindicaciones, porque, por ahora, el árbol de los nombres no permite ver el bosque de las ideas, que esta vez es variadísimo. Todas las familias del PP tienen algo en juego. Hay una candidata conservadora (Cospedal), otra del centro derecha administrativo (Sáenz de Santamaría), dos liberales (Casado -aznarista- y Margallo -un verso suelto-), un democristiano (García Hernández) y hasta un crítico con el marianismo (el desconocido Cabanes).

Así que es obvio que la decisión de Mariano Rajoy de no interferir en su sucesión ha puesto al partido de nuevo ante el espejo de su eclecticismo ideológico. En el fondo, el PP es una coalición constante, un partido de partidos. Un aglutinador. Por eso la pregunta clave que se tienen que hacer los afiliados -829.000, según la leyenda- del PP no es «¿quién nos debe pilotar?», sino «¿qué somos y qué queremos ser?». Es una cuestión de supervivencia, nada menos, por eso no se puede obviar.

Las grandes preguntas

¿Prefiere el PP convertirse en un partido más liberal, que apele a las clases medias urbanitas y a los jóvenes, con Casado? ¿Prefiere el PP seguir la senda del marianismo por la margen moderada y gestora de Santamaría? ¿Quieren los populares apretar el mensaje conservador, en cambio, con una mayor iniciativa política de la mano de Cospedal? ¿O prefieren recuperar el pulso democristiano, algo diluido en los años del Gobierno, con García Hernández? Para poder responderse, los afiliados tienen que saber qué valores y qué ideas priorizan cada uno de los aspirantes a suceder a Mariano Rajoy. Dicho de otra manera, si no hace un debate de ideas y se rearma de un discurso claro y reconocible, el PP se condenará a arrastrar los pies hasta las elecciones generales, a rebufo del coyunturalismo político y sin armas efectivas para frenar el ímpetu de Ciudadanos.

Santamaría parte como favorita de los votantes, según las encuestas, pero Cospedal cuenta con más apoyos entre los cuadros del PP. Ambas manejan idearios distintos, de tal manera que el Consejo de Ministros del anterior Ejecutivo se bifurcó enseguida entre los sorayistas y los «duros», afines a la expresidenta de Castilla-La Mancha. Ahora apoyan a Santamaría los exministros Cristóbal Montoro, Álvaro Nadal, Fátima Báñez, Íñigo de la Serna e Íñigo Méndez de Vigo. Como se puede apreciar, toda la primera fila del equipo económico del PP al completo está con la exvicepresidenta. También el exsecretario de Estado de Hacienda Alberto Nadal y la exdirectora de la Oficina Económica de La Moncloa Eva Valle.

Esto confiere a la candidatura de la ex número dos de Rajoy un halo técnico, centrado en las medidas de medio plazo, menos ideologizadas. «En el ADN del partido está esa concepción contraintuitiva de la política económica, que no va a corto plazo a ganar votos, sino a medio plazo a conseguir resultados», apuntan desde la candidatura de Santamaría, la única que por ahora cumple con esa tradición al 100%. «La única candidata que les asegura ese respaldo de tensión baja -la famosa cachaza de Rajoy- es Sáenz de Santamaría, a juicio de los exministros económicos, abonados al pragmatismo. Por resumirlo: si ella gana, la gestión y los resultados estarán por encima del márketing político y de la seducción ideológica.

A Cospedal se han adherido los exministros Juan Ignacio Zoido, Rafael Catalá, Dolors Monserrat e Isabel García Tejerina. La ex número dos del PP ha sido muy específica con el modelo de partido que quiere poner en pie. «Voy a situar nuestros valores en el frontispicio de nuestro proyecto político. Nuestro partido recoge lo mejor del humanismo cristiano y de la economía de mercado, y cree en el poder regulador y redistribuidor de un Estado que ofrece oportunidades para todos», resumió Cospedal, antes de poner el énfasis en la unidad de España como primera defensa. «Me presento para parar los pies a los proyectos disolventes. Para delatar la futilidad y la injusticia de algunas estrategias de contemporización hacia quienes sólo quieren romper España», dijo, en lo que se ha interpretado como un dardo a Santamaría, que prefirió dialogar de cerca con Oriol Junqueras (ERC) antes que actuar políticamente. A juicio de los cospedalistas, su estrategia fue equivocada y abrió un butrón en el electorado, dando alas a Ciudadanos. Para taponarlo, Cospedal quiere que la dureza con el independentismo catalán vuelva al primerísimo primer plano del orden de prioridades. La política por delante de la gestión, en suma. Anteponer la idea de juego al resultadismo, por poner un símil mundialístico.

Pros y contras

El tercer candidato en liza, Pablo Casado, es quizá el que más se ha preocupado por alentar el debate de las ideas. No sólo porque es el que mejor representa el clasicismo del PP, sino porque cuenta con excelentes relaciones con las principales familias políticas del partido: es aznarista y liberal, pero también vicesecretario con Rajoy, y muy cercano al aguirrismo. Parte con una ventaja para seducir a los votantes reformistas: defiende una política fiscal enfocada a bajar los impuestos bastante más de lo que han hecho sus predecesoras. De hecho, su liberalismo le ha costado críticas internas. «A mí se me ha criticado muchísimo por mi política fiscal. Recuerdo una portada de EXPANSIÓN en plena campaña electoral de 2015 en la que decía que el IRPF debería estar por debajo del 40%. Me la jugaba en Ávila y al final sacamos el mejor resultado de España», dijo ayer en Cope.

A su favor también juega que él no está tan salpicado por los casos de corrupción del PP, como Cospedal. Aunque ambos han sido los encargados de defender al partido de lo indefendible, la exministra se ha achicharrado, mientras que Casado ha logrado visibilizarse fuera de ese perímetro. Sin embargo, está muy lastrado por los casos de presunta corrupción universitaria que le afectan, y que están ahora en el centro del foco mediático. De hecho, el rector de la Universidad Rey Juan Carlos considera que su máster fue «irregular».

Los otros dos candidatos conocidos cuentan con ideas-fuerza más claras aún, quizá porque las necesitan para captar la atención. Margallo es partidario de una mayor apertura económica, así como de un enfoque radicalmente distinto al de Santamaría para el conflicto catalán. En el caso de García Hernández, quiere que el partido sea mucho más horizontal -con primarias para todo- e implantar una visión católica.

Veintiocho años después de la frase de Fraga a Aznar, en el PP no hay tutelas ni hay tu tías, pero falta lo más importante: el debate de ideas.

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