La UE avisa de que «no hay plan B» si cae Theresa May

Economia, EXPANSION

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker (d), y el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk (i). EFE

El futuro del acuerdo de divorcio con Londres está ligado al futuro de la primera ministra británica. La alternativa es un Brexit caótico.

«No hay plan B». Así de contundentes se mostraban esta semana fuentes diplomáticas europeas ante la posibilidad de que bien un motín interno en el Partido Conservador, bien unas elecciones anticipadas dinamiten el mandato de Theresa May como primera ministra británica. Esto abocaría a Reino Unido y a la Unión Europea al Brexit más duro y disruptivo posible.

«Si el Gobierno británico cae, tenemos el problema de que no podemos celebrar un Consejo Europeo el 25 de noviembre para confirmar el acuerdo, o si el Parlamento británico no lo ratifica. Entonces entramos en un escenario de Brexit caótico», aseguraban estas fuentes horas después de que una batería de dimisiones y la amenaza de una moción de confianza dentro de su propio partido agrietara el liderazgo de la primera ministra británica.

El Brexit caótico es el escenario más peligroso para la economía. Sobre todo para la británica, pero también para la europea. Supondría que en apenas cuatro meses y medio, Reino Unido pasaría a ser un tercer Estado respecto a la UE, lo que levantaría importantes barreras en áreas como el comercio, el transporte, o los servicios financieros y dejaría en un limbo la situación personal de millones de expatriados a ambos lados del Canal de la Mancha.

Desde el punto de vista de la UE, la caída de May evidenciaría que ya no queda tiempo para renegociar el acuerdo. Apenas faltan cuatro meses y medio para el 29 de marzo, último día de pertenencia al club del Reino Unido. Y el asunto ya va con retraso: para poder realizar todos los trámites burocráticos y democráticos necesarios, el acuerdo tendría que haberse cerrado en octubre. Reabrirlo ahora para renegociarlo a tiempo se consideraría no ya una utopía, sino un insulto.

Pero, sobre todo, la salida de May agotaría la ya de por sí escasa voluntad política que hay entre los Veintisiete de seguir acomodándose a los tiempos marcados por las diatribas internas, no ya de la política británica en general, sino del Partido Conservador en particular.

Nadie en Bruselas olvida que el referéndum sobre el Brexit fue la manera con la que el predecesor de May, David Cameron, quiso apagar una revolución interna en el ala más euroescéptica del partido torie. Y, en cambio, todo el mundo tiene muy presente que el futuro del acuerdo de divorcio pactado esta semana entre Londres y Bruselas está íntimamente ligado al futuro político de May.

La propia Comisión Europea lo ha dejado caer, a su manera, esta misma semana. De repente, en la rueda de prensa del pasado jueves, en plena crisis política interna en Reino Unido, el portavoz del Ejecutivo comuntario, Margaritis Schinas, situó a May como la figura principal en la negociación del acuerdo. En cambio, se refirió a Dominic Raab, que entonces ya había dimitido de su cargo, como el Secretario de Estado para la salida de Reino Unido de la UE. El mensaje velado: Raab no fue el artífice de la negociación y su dimisión no altera la validez del acuerdo, pero si quien cae es May, todo cambia.

Por eso mismo el miércoles, nada más anunció la primera ministra británica que su Gobierno respaldaba el acuerdo pero que se avecinaban días difíciles, las instituciones europeas pisaron el acelerador.

Apenas media hora después, Michel Barnier, negociador jefe de la UE para el Brexit, comparecía en rueda de prensa en Bruselas. El político francés, consciente de que May necesitaba un capote del exterior, hizo algo que no suele hacer: hincapié en las concesiones que la parte europea había realizado para poder alcanzar un acuerdo. El objetivo: ayudar a May a transmitir a la opinión pública británica que éste es el mejor acuerdo posible que va a obtener cualquier primer ministro británico que intente negociar una salida ordenada de la Unión Europea.

Y menos de doce horas más tarde, a las 7:50 de la mañana del jueves, Barnier se reunía con Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, para escenificar la entrega de las 585 páginas del documento. Allí mismo, sin perder más tiempo, Tusk afirmó que, dentro de lo malo que es el Brexit, este era el mejor acuerdo posible y que permitía, como mínimo, amortiguar los daños que ocasionaría el adiós británico. Y a continuación fijaba la fecha del 25 de noviembre para que los jefes de Estado y de Gobierno bendijeran en Bruselas el acuerdo.

Pero fue entonces cuando arreció la tormenta política interna contra May. El jueves por la tarde, en plena especulación sobre su posible dimisión, la primera ministra británica quiso dar un puñetazo en la mesa. Compareció ante las cámaras para afirmar que seguiría adelante para tratar de pasar el acuerdo. Sabe demasiado bien que esas 585 páginas y su cabeza (política) son ahora mismo inseparables.

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