Invertir tras otra vuelta de tuerca del BCE

5 DIAS, Opinión

Uno de los argumentos más recurrentes a la hora de explicar el buen comportamiento de los mercados en este inicio de año es el posicionamiento de los bancos centrales. Una vez más, los bancos centrales (especialmente la Fed) ponderan el crecimiento por encima de la inflación y, tangencialmente, quita presión a los mercados beneficiando a los activos de riesgo.

No hace tanto, apenas un año y en plena efervescencia macroeconómica, lo más comentado fue la posible inversión de la curva de tipos de interés estadounidense, que a lo largo de las últimas décadas había venido anticipando, de una manera bastante precisa, la ralentización y la eventual recesión de la economía estadounidense. El razonamiento era clásico, lógico y explicable: un ciclo económico largo, una economía que tiene más vacantes laborales que solicitantes de empleo y una tendencia de subidas de tipos de la que se espera una continuidad para seguir manteniendo la inflación y el recalentamiento de la economía bajo control.

Esta situación, históricamente, era un patrón que se repetía de manera recurrente y permitía, pensábamos, posicionarnos con una cierta certidumbre ante un eventual final de ciclo. El problema radica en intentar proyectar situaciones pasadas cuando cambia una de las variables fundamentales, que no es otra que el posicionamiento o el rol que adaptan los bancos centrales.

Desde la crisis de 2008 muchas cosas han cambiado en el mundo financiero, pero la principal son unos bancos centrales que han utilizado todas las herramientas a su disposición para estabilizar las economías, promover el crecimiento y, aunque no esté en su mandato, dar estabilidad a unos mercados que se mostraron capaces de precipitar al mundo a la segunda mayor crisis de los últimos cien años.

Sin embargo, cada decisión y acción que desarrollamos tiene un coste, y los bancos centrales no son ajenos a esta máxima. Como ya es de sobra conocido, los tipos cero o negativos, las políticas monetarias no convencionales, las inyecciones de liquidez pueden ser buenas para el comportamiento de los mercados, crean una inflación en los activos financieros de las que todos nos beneficiamos en un primer momento, pero tienen un coste.

Este coste es que, dada esta inflación de activos, los riesgos no se encuentren fielmente reflejados en el precio de los mismos. ¿Por qué los inversores tenemos que financiar a una empresa o a un Estado a tipos negativos? ¿Por qué tenemos que realizar inversiones a muy largo plazo a tipos reales negativos? ¿Por qué el swap de inflación cinco años en Europa cotiza a 1,52% y el bono alemán en ese plazo tiene una rentabilidad de -0.36%? Y quizás la pregunta más importante, ¿es sostenible esta situación en un tiempo prolongado?

Esto es lo que llevó a la extrema volatilidad en la renta fija el año pasado y que vimos cómo afectaba directamente a un inversor conservador que no estaba, ni debería estar, acostumbrado a esas oscilaciones. Ahora en 2019 volvemos a ver cómo los bancos centrales vuelven a acudir al rescate de unos mercados que, a finales del año pasado, miraban peligrosamente hacia abajo. Es posible que la mejora de la confianza, unida a noticias positivas de los principales focos de incertidumbre (especialmente la guerra comercial) pueda permitir una mejora de las expectativas macroeconómicas, pero eso será a costa de ver de nuevo los precios formados de una manera ineficiente y ese camino tiene un final tortuoso. Por esto, para nosotros es mejor plantearnos las preguntas enunciadas anteriormente y adecuar las carteras para un escenario distinto del actual.

A finales del año pasado, uno de los mejores y más grandes inversores de la historia decidía dejar de estar en activo. Bill Gross arrastra tras de sí una larga y exitosa carrera, que le generó el sobrenombre de el rey de los bonos. Sin embargo, como le sucede a todo inversor de éxito, la carrera del hombre que llegó a gestionar una cantidad equivalente al PIB de España tiene también sus sombras.

Una de estas sombras le llegó al final de su carrera, cuando decidió cambiar Pimco por Janus. En esta gestora y manejando un volumen más pequeño de activos, mucho más pequeño, las estrategias aplicadas por el gestor no tuvieron el éxito.

 David Ardura es director de gestión de Gesconsult

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