Draghi declara la victoria en la batalla por el euro y critica a los dogmáticos

EXPANSION, Mercados

El presidente del BCE, Mario Draghi.

El presidente saliente del Banco Central Europeo justifica la reactivación de los estímulos y asegura que los halcones han perdido el debate político. Draghi defiende la transparencia e independencia de la institución.

Desde su oficina en la planta 40 de la sede del Banco Central Europeo en Fráncfort, Mario Draghi resume la transformación del BCE durante sus ocho años de presidencia. «[El edificio] encarna nuestros valores», explica el italiano de 72 años, con cierto orgullo. «Transparencia e independencia».

Con Draghi, el BCE se ha hecho mayor de edad. Junto a la Reserva Federal de EEUU y al Banco de Inglaterra, ha desarrollado un arsenal formidable, inyectando billones de euros de estímulos en la economía de la eurozona para contrarrestar el impacto de la crisis financiera global. Pero, pese a todo, la condición de la economía europea sigue siendo frágil. Y existe la creciente sensación de que su Banco Central ha soportado demasiada carga y ya no puede actuar solo.

Es una visión que el presidente del BCE apoya. Lanzando una indirecta a los responsables económicos alemanes, con los que Draghi ha chocado con frecuencia, señala: «Llevo hablando de que la política fiscal es un complemento necesario a la política monetaria desde 2014. Ahora, la necesidad es más urgente que antes. La política monetaria seguirá haciendo su trabajo pero los efectos secundarios negativos que se producen según se avanza son cada vez más visibles».

Hacer lo suficiente

Y añade: «¿Hemos hecho suficiente? Sí, hemos hecho suficiente -y podemos hacer más-. ¿Pero qué falta? La respuesta es una política fiscal, esa es la gran diferencia entre Europa y EEUU».

Draghi llegó a Fráncfort justo cuando la crisis de la eurozona estaba a punto de entrar en una fase más inestable. A medida que la economía de la región empeoraba, se enfrentó al gran factor que ha dificultado una integración más profunda desde el Tratado de Roma fundacional: la búsqueda de un incómodo punto intermedio entre la soberanía nacional y el interés colectivo.

Esta tensión era más aguda en Alemania, donde el Bundesbank actúa como garante de la estabilidad de los precios. La crisis agravó estas tensiones. «Mi argumento era que deberían intentar ver que no vivimos en un mundo de un solo país, que la realidad es más compleja que un único país», explica Draghi.

Dentro del consejo del BCE, su relación con Jens Weidmann se deterioró deprisa. El presidente del Bundesbank criticó publicamente los estímulos argumentando que provocarían una inflación desbocada. Pero Draghi es demasiado diplomático como para criticar al Bundesbank o a Weidmann, aunque sugiere que ambos están desfasados. «Esta mentalidad es producto del éxito. Se tenía una institución muy prestigiosa, el Bundesbank, con una política monetaria exitosa hace de 20 a 50 años, cuando casi todos los demás cometían un grave error político detrás de otro», señala. «Pero con el euro habíamos entrado en un nuevo mundo. Y este mundo estaba cambiando deprisa».

Precio a pagar

En esta era de baja inflación, austeridad y alto desempleo en la periferia de la región, y de un sistema financiero fragmentado, Draghi cree que el BCE tenía que intervenir, con o sin el pleno apoyo de todos los estados miembros. «Habría sido mucho mejor si hubiera existido unanimidad desde el principio. Una vez que entendí que no iba a ser así, era un precio necesario a pagar», asegura.

La oposición dentro del BCE minó su credibilidad en los mercados. «La idea general previa era que el BCE era un banco central muy conservador. Así que tuvo que pasar un tiempo hasta que los movimientos expansionistas pudieron verse sin cierto escepticismo. Pero esto no hizo más que reforzar nuestra determinación».

En julio de 2012, el ambiente en Fráncfort era desalentador. Cada vez más inversores se volvían contra el euro, apostando que sus problemas no se limitaban a Grecia. Tenían sus miras puestas en economías más grandes, como Italia y España. El contagio estaba en el aire; el futuro del euro, en riesgo. Así, el 26 de julio Draghi declaró que el BCE haría «lo que sea necesario» para salvar el euro. Y añadió, intencionadamente: «Créanme, será suficiente».

Este paso, pese a que muchos aseguraron en privado que era necesario para evitar la muerte del euro y otro Gran Crack, era gigantesco. Y así lo reconoció Draghi siete años después: «Había reflexionado, consultado y pensado profundamente en el mensaje adecuado», explica.

El plan, descrito como Programa de Transacciones Monetarias Directas (OMT por sus siglas en inglés), se lanzó en el transcurso de aquel verano. Para contrarrestar la especulación con una ruptura, el BCE amenazó con comprar bonos públicos en cantidades potencialmente ilimitadas.

«Sólo dando certeza a los mercados de que la postura del BCE era firme se podría poner fin a la espiral descendente. Estaba decidido a dejarlo claro. Y los mercados hicieron el resto».

En los estados miembros del Norte, se acusó al BCE de excederse en su mandato, algo que Draghi negó. Pero los mercados lo aceptaron. El BCE aún no ha comprado un solo bono bajo el OMT. La mera amenaza con intervenir bastó. «La reacción favorable del mercado me demostró que lo que necesitábamos abordar realmente era una crisis de confianza», explica.

Los analistas del BCE sospechan que a Draghi le habría gustado terminar su mandato poniendo fin a los estímulos, demostrando de forma incuestionable que sus acciones funcionaron. De hecho, pese a que lo peor de la crisis ha pasado, quedan problemas crónicos. Draghi culpa a factores como el conflicto comercial del presidente Donald Trump con China y el riesgo de un Brexit duro, pero a nivel interno la eurozona aún es vulnerable. El desempleo en el Sur sigue alto, especialmente entre los jóvenes. Y motores económicos como Alemania y Países Bajos han empezado a trastabillear.

El paquete revelado el mes pasado reiniciará el programa de QE de 2,6 billones de euros que se suponía finalizado el pasado diciembre. El BCE se ha comprometido a gastar 20.000 millones de euros al mes hasta que la inflación muestre signos de aproximarse a su objetivo, justo por debajo del 2%.

También ha rebajado los tipos a nuevos mínimos históricos y ha señalado que los costes de financiación seguirán siendo muy bajos durante años.

El programa, del que se informó a la sucesora de Draghi al frente del BCE, Christine Lagarde, provocó la oposición de nueve de los 25 miembros del consejo de Gobierno del Banco Central -siete de los cuales votaron en contra- sobre todo por la decisión de reiniciar el QE. Draghi defiende que el programa es necesario.

«Las perspectivas han empeorado, sobre todo para el sector industrial. La inflación ya no iba camino de cumplir nuestro objetivo», señala, añadiendo que las políticas funcionarán, aunque a menor ritmo que si los gobiernos gastasen más.

Draghi ha reprobado a aquellos presidentes y gobernadores de los bancos centrales que han criticado en público las medidas del BCE. «Es esencial que los participantes del consejo de gobierno del BCE no tengan opiniones dogmáticas de política monetaria que no puedan adaptar si así lo indican los hechos».

El banquero opina que «cuando se toma una decisión, la discrepancia se debería quedar dentro del consejo de gobierno», puesto que las decisiones se toman de forma colegiada.

Lo que le consuela, afirma, es que el comportamiento del BCE en los años de crisis ha creado un legado duradero. No se trata del hombre, sino del mandato en sí que, insinúa, su sucesora estará obligada a respetar.

Los opositores al euro han perdido, declara. Fueron derrotados en la batalla por la divisa única en la crisis griega y perdieron la lucha política en las elecciones al Parlamento Europeo de este año.

«Todas las decisiones políticas dependen de las circunstancias, pero no tengo motivos para pensar que la gente que va a ocupar esas sillas en los próximo años interprete el alcance de nuestro mandato de forma distinta a como lo lo hizo el consejo de gobierno que se reunió en el verano de 2012».

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