BCE: se va ‘Supermario’, polémico estratega del euro, y llega Lagarde, un perfil político

EXPANSION, Mercados

El presidente del BCE luchó contra viento y marea para que su política monetaria llegara a donde nunca lo había hecho en Europa y logró que una moneda asediada por los efectos de la crisis y las apuestas de los inversores bajistas saliera adelante en el peor de los escenarios.

«El abejorro ha volado bien durante siete años, pero ahora algo ha cambiado en el aire con la crisis financiera y tendrá que convertirse en una abeja de verdad». Con estas extrañas palabras describía Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE), el proyecto del euro en uno de los momentos más tensos para la moneda comunitaria. Era julio de 2012, en plena crisis de deuda soberana, y el italiano, en Londres, dejaba con la boca abierta a los allí presentes.

No fue por sus conocimientos en entomología, por más que los abejorros y las abejas sobrevolaran todo el discurso, sino por una frase que fue directa a la yugular de los inversores bajistas que apostaban en aquel entonces por la desintegración de la moneda única. Cuentan varios asistentes que no se esperaba una revolución ese día y que el propio Draghi había señalado que no tenía mucho que decir. Pero lo ocurrido después pasó a la historia: «Dentro de nuestro mandato, el BCE está preparado para hacer lo que sea necesario para preservar el euro». Una frase grabada en piedra a la que añadió: «y creedme, será suficiente».

Y fue suficiente. Las crónicas de hace ya más de siete años describen a los bajistas deshaciendo posiciones cortas y «huyendo como conejos», mientras resaltan cómo esas palabras tuvieron más efecto que cien planes de ajuste del gasto. La prima de riesgo española, reflejo entre otros muchos indicadores de su impacto, pasó de los más de 600 puntos a los 60 actuales.

La supervivencia del euro es el gran éxito del mandato de Supermario, como se le ha denominado desde su época al frente del Tesoro italiano. El mercado se aferró al banquero central como el último recurso pues, mientras los políticos debatían sobre si la receta idónea para salir de la crisis era la austeridad (antes del llamado Plan Juncker de 2015), Draghi y su política monetaria eran lo único que mantenía el banco a flote.

Polémicas

La llegada del italiano a la presidencia del BCE estuvo marcada por la polémica, especialmente por sus años en Goldman Sachs. En plena recesión, y tras revelarse que el banco estadounidense había colaborado con Grecia para maquillar su déficit, las connotaciones de darle el timón de la política monetaria a un ex Goldman levantaron ampollas. La profesión de su hijo, Giacomo Draghi, trader de tipos de interés en un momento en el que su padre debía fijarlos en Europa, también despertó suspicacias, pero el comité ético responsable no encontró impedimentos.

Draghi disipó pronto las dudas. Brillante en la comunicación a los mercados, el aspecto que los expertos en política monetaria más destacan, supo mover el mercado a su antojo para ganar la batalla a la deflación. Tanto centró el foco mediático el carismático italiano, que cada detalle se analizaba hasta rozar lo absurdo, incluso con apuestas sobre la corbata que iba a utilizar en cada acto público y las implicaciones que tenían sobre el mensaje de política monetaria que iba a transmitir. El propio BCE tuvo que desmentir esa relación.

Por ello, pocos se oponen a la idea de que el presidente se ha ganado a pulso grabar su nombre en la historia de la moneda única junto con los grandes fundadores. Draghi fue el tercer banquero central del euro, pero el primer soldado en defenderlo a toda costa como si su supervivencia fuera una parte tan clara de su misión como lo es el control de la inflación.

«El BCE se creó con el mandato de mantener la estabilidad de precios y la estabilidad de precios se fundamenta en la existencia del euro. Por eso, no existe plan B», explicó el propio Draghi recientemente sobre su postura en relación a la moneda comunitaria y a las líneas de liquidez que proporcionó a Grecia en 2015 para evitar que su potencial salida del euro provocase su descomposición.

Pero hacer lo que fuera necesario nunca estuvo exento de problemas ni de polémica. La artillería del BCE a lo largo de toda la era Draghi se tradujo en seis inyecciones de liquidez extraordinaria a la banca (tres de ellas condicionadas a la concesión de préstamos), 17 recortes entre los tipos de interés y la tasa de depósito, hasta llevarlos al 0% y al -0,5%, respectivamente; y la medida más contestada de todas: un programa de compras de deuda pública y privada de más de 2,6 billones.

Tras ocho años, Draghi abandona la presidencia del BCE sin haber endurecido ni tan siquiera una vez el precio del dinero, algo que nunca había ocurrido antes en Europa.

Pese a que las medidas de política monetaria no convencionales son uno de sus rasgos característicos, el italiano no fue pionero a la hora de introducir estos estímulos. El verdadero hito de su presidencia fue lograr que estas medidas que con éxito estaban levantando al resto del mundo sorteasen la oposición de una región con más de veinte voces e intereses diferentes. Algunas incluso abiertamente contrarias, como la alemana. Los germanos, temerosos de episodios de hiperinflación como el vivido en la época de la República de Weimar, llegaron incluso a denunciar el programa de compras de deuda ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE). Pero también en el terreno legal se impuso el BCE.

El carácter de Draghi resultó imprescindible para triunfar en la tarea de sacar adelante los estímulos. Señalan fuentes de su entorno profesional que el presidente del BCE cuenta con una determinación forjada a fuego cuando, con 15 años, sus dos padres fallecieron y tuvo que hacerse cargo de sus hermanos.

El banquero italiano acostumbra a delegar y le incomodan las interminables reuniones y dossieres. Eso no significa, sin embargo, que no forme una parte crucial en la toma de decisiones. Todo lo contrario. Draghi traza el plan y es misión del resto ocuparse de los detalles. Eso sí, cuando una idea toma forma en su cabeza, aseguran los que le conocen, es difícil hacerle cambiar de opinión, lo que genera tensiones.

Se acusa al presidente del BCE de cierto autoritarismo en las reuniones de política monetaria. Incluso, se le critican los mensajes teledirigidos que ha lanzado entre cumbre y cumbre, por generar expectativas en los mercados y condicionar las votaciones y la estrategia de la institución antes de que se haya debatido. Esta postura, que forzaba que salieran adelante las medidas más polémicas sin la demora que irremediablemente conlleva el encontrar consensos, funcionó durante los años más duros de la crisis en ese contexto de emergencia, pero puede haber acabado quemando ciertos ánimos.

Deja el BCE hecho un polvorín. De hecho, el organismo muestra una importante división y algunos miembros del consejo de Gobierno reconocen extraoficialmente que esperan la llegada de Christine Lagarde, futura presidenta, como «un soplo de aire fresco y una oportunidad para volver a construir los consensos» .

Se sabe poco de la vida privada del presidente del BCE, más allá de que realiza viajes frecuentes a Roma, que disfruta del golf y que, pese a su impacto mediático, prefiere evitar los focos. De hecho, su despedida se realizará en el auditorio del BCE en lugar de elegir la Ópera de Fráncfort como su predecesor.

Eso también se ha reflejado en sus apariciones públicas. Bajo su presidencia, el Comité Ejecutivo del BCE se ha convertido, de cara al público, en una institución más coral. Las pistas sobre la política monetaria se reparten entre los discursos, entrevistas e intervenciones de los distintos miembros, algo que antes estaba casi circunscrito al presidente, al vicepresidente y al economista jefe del organismo.

Dudas sobre el futuro

Pero no todo son éxitos para Draghi. A un banquero central, tradicionalmente, se le mide por su capacidad para cumplir con el mandato encomendado a la institución. En el caso del BCE, eso se traduce en llevar la inflación a niveles cercanos, pero por debajo del 2%, una cota inalcanzable para el banquero italiano. Bajo su presidencia, los precios se han elevado una media del 1,2% anual, lejos del objetivo del organismo y de los registros de sus predecesores.

El presidente se escuda en las presiones deflacionistas e indica que esto ha ocurrido a pesar de todas sus políticas y no como consecuencia de ellas. «Imaginaos que no hubiéramos actuado. Imaginaos que hubiéramos adoptado la estrategia de los que recomendaban hace dos años no hacer nada, ¿cuál creen que habría sido el resultado?», señaló al respecto en una de sus intervenciones.

A Draghi también se le achacan importantes perturbaciones en los mercados financieros y de favorecer a los más endeudados. Decía el mítico expresidente de la Reserva Federal Alan Greenspan que «el papel de un banco central es ordenar que se lleven el ponche justo cuando la fiesta empieza a animarse». Draghi, en su intento por mantener el euro unido, hizo lo contrario y la mejor metáfora para su política quizá guarde más relación con una fiesta de universitarios en la que se obliga a los invitados a beber cerveza a través de una manguera.

A raíz de su programa de compras de bonos y de la entrada en negativo de los tipos de interés, algunos emisores de deuda cobran por pedir prestado. Más del 40% de los bonos de la zona euro presenta intereses negativos, una anomalía cuyas consecuencias no se conocerán hasta dentro de unos años. A lo largo de su presidencia, Draghi hizo lo necesario para sostener el euro. Sólo el tiempo dirá si también hizo lo correcto.

Lagarde, un perfil político para el BCE

Christine Lagarde llega el 1 de enero al Banco Central Europeo (BCE). Suya será la responsabilidad de articular la política monetaria de la región desde la presidencia de la institución, un sillón que ha ido cogiendo cada vez más lustre hasta el punto de pasar de ser considerado un puesto exclusivamente técnico a ser uno de los más mediáticos y con mayor poder de la zona euro. Recoge el testigo dejado por Mario Draghi, conocido como el salvador del euro, y se pone un traje que no cualquiera podría llenar. Tendrá ocho años para demostrar su valía y muchos retos en un camino que ni mucho menos será de rosas.

  • Un BCE dividido. Draghi, caracterizado por sacar adelante sus ideas y estrategias con escasa negociación y sin buscar amplios consensos, deja el BCE convertido en un polvorín, donde los debates internos y normales del organismo han dado lugar a sonadas críticas y manifestaciones públicas de disconformidad. La banquera francesa deberá emplear una parte importante de su tiempo y sus recursos en reconstruir esa estabilidad si no quiere que sus ocho años de mandato se hagan muy largos. La presión es máxima.
  • Una política monetaria agotada: De nuevo, la sombra del banquero italiano. Draghi hizo lo que fue necesario para sostener el euro, pero lo necesario fue más de lo que habría imaginado inicialmente. Con los tipos en el -0,5% y un programa de deuda que chocará en apenas un año contra los límites que el propio BCE se impuso en su creación, las armas en materia de política monetaria que le quedan a Lagarde son más bien escasas. Como el italiano, deberá buscar nuevas formas de estimular la economía, si es que todavía existen. La creatividad de nuevo al servicio de los creadores de dinero.
  • Una política fiscal que no aparece: Se dice de Lagarde que su carácter político hace de ella una excelente negociadora. A falta de un perfil técnico, jugará fuera de Fráncfort las partidas más importantes. La francesa deberá susurrar al oído de Emmanuel Macron, presidente de Francia y, sobre todo, de Angela Merkel, canciller de Alemania, para lograr esa política fiscal expansiva que se le ha negado a su predecesor durante años. El consejo de Gobierno ha reconocido de forma unánime que es lo que necesita la zona euro para que la inflación se dirija al objetivo de cerca, pero por debajo del 2% en un entorno de desaceleración económica y medidas monetarias exhaustas.
  • Una nueva estrategia: Durante la presidencia de Lagarde, además, el BCE deberá revisar sus objetivos. Esta patata caliente que hereda de Draghi supone replantear completamente la estrategia fundacional del organismo al volver a definir el concepto de estabilidad de precios que marca su mandato. Si se define de forma distinta, o se cambia la cifra objetivo al 3% o al 1%, las implicaciones para la política monetaria a desarrollar serán enormes. Lagarde estará asesorada, eso sí, por figuras de talla mundial como Philip Lane, su economista jefe, que velará por ella -inexperta en lo que a bancos centrales se refiere por su perfil más político- durante casi la totalidad de su mandato.
  • Estabilidad financiera en jaque: Todavía no se conocen los efectos a largo plazo de las herramientas no convencionales de política monetaria. La valoración de algunos activos, especialmente de la renta fija, se ha elevado hasta proporciones que muchos catalogan ya de burbuja. Lagarde será con toda seguridad la que tenga que lidiar con las consecuencias de la arriesgada apuesta de Draghi por devolver a la zona euro a la senda del crecimiento tras el impacto de la crisis.

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