España sorda, Cataluña ‘emprenyada’

Economia, EXPANSION, Opinión

Multitudinaria manifestación del pasado domingo de los defensores de la Constitución por las calles de Barcelona.

El peligro de la democracia en Cataluña no está sólo en Barcelona, también en Madrid. Frente a la violencia, la única respuesta es no atender la llamada de Torra. Temo más la España sorda que la Cataluña ‘emprenyada’.

A la manifestación se llega con temor y se sale con esperanza. Esperas a los CDR y demás indepes violentos. Como los que se encontraron en las autopistas (AP 2 y AP 7, entre otras), o en los trenes de cercanías (Rodalies). O los que intentaron ocupar la estación de Sants. A medida que te acercas, más policía. Mossos por todas partes. Con sus uniformes y coches manchados. Las huellas de la guerra. El sábado hubo jolgorio. Los chicos, por la noche y los fines de semana, tienen que montar el pollo. ¿Pagarán sus padres los destrozos, los millones que ha costado a las arcas públicas? Ningún problema. Muchos son niños bien, de la burguesía catalana. Como me decía un policía hace años, «éstos ocupan edificios (cuando la okupación era una moda) después de aparcar el BMW». No okupan, pero sí le lanzan piedras y otros objetos a la policía. Que se lo digan al policía de Vigo al que casi matan. Es el nuevo deporte del «nazionalismo». Hacer daño. Ha evolucionado hacia una violencia cada vez más cruda; sin tapujos. De la violencia con la cobertura de la superioridad ideológica e, incluso, moral, a la descarnada. Antes mataban sólo civilmente, ahora, un paso más. ¿Cómo acabará? ¿Cuál es el siguiente?

La gente «bien» insiste en que no hay terrorismo. Y lo dicen cuando han sido apresados varios con material para fabricar bombas. No, era material pirotécnico, nos dicen. Claro, ¿los mismos cohetes lanzados al aire para matar a los ocupantes de un helicóptero? De la pirotécnica a las bombas, como ya hemos visto, el salto es muy pequeño. Da igual, la gente «bien» seguirá pensando que no, que su nacionalismo no se «manchará» con sangre, porque son limpios y aseados; son superiores hasta en eso.

El españolismo sí que es sucio, maloliente, … es franquista. Que Franco fuese recibido en olor de multitudes en Cataluña; o que la resistencia de Barcelona durante la Guerra Civil no fuese comparable a la de Madrid; o que el Barça le otorgó tres distinciones al dictador; todo eso se silencia. Porque la principal violencia que el «nazionalismo» ha practicado ha sido la del silencio; la de silenciar a la otra Cataluña. Pero ésta también ha evolucionado.

Ha evolucionado al compás de la respuesta del Estado democrático de Derecho. Pusilánime, temerosa, tibia… pero al fin, respuesta. Los constitucionalistas aceptamos, incluso, la blanda. Al menos, la hay. Es el cambio producido en los últimos años. Hace diez, si explicabas en Madrid lo que sucedía, corrías el riesgo de ser insultado o menospreciado. Exagerado, alarmista… te decían. La conllevanza creó este monstruo. Madrid no estaba interesada en Cataluña y en sus problemas porque garantizaba la estabilidad; era símbolo de gestión, de hacer bien las cosas. La Cataluña de las Olimpiadas, de Jordi Pujol, el español del año.

Ya había demasiados problemas y crueles (como ETA) para, encima, entretenerse con las «nimiedades» denunciadas por alarmistas, exagerados y otros. Hasta que la olla a presión explotó en Cataluña. Movimientos sociales y políticos. El surgimiento de Ciutadans como partido político fue el primer aldabonazo nacional. Y la gente «bien» alertó de que éstos eran unos provocadores. Que sí había «un sol poble». Que la inmersión lingüística era muy positiva. Que todo iba estupendamente. Que el debate político era entre derecha e izquierda, no entre dos concepciones de Cataluña. Que si tal y cual. Llegó la corrupción de unos y de otros. Y continuaron saliendo los abusos, de unos y de otros. Hasta que todo reventó. El «nazionalismo» dio el paso a la secesión, su lógica consecuencia; la liberación de España, pero también de la persecución judicial de la corrupción.

Por mucho que digan los magistrados del Tribunal Supremo que no hubo golpe de Estado, más y más diremos que sí, que lo hubo. Querían la independencia. Y lo que quieren negociar es el cómo la república se hace realidad. Y hubo reacción. La otra Cataluña reaccionó.

Tiranos internos, sordos externos

Ante el vértigo de lo que estaba sucediendo en Cataluña y ante el riesgo de que en Madrid se malinterpretara, como ha sucedido en otros momentos, la otra Cataluña se puso en pie. No sólo contra los tiranos internos, sino también contra los sordos externos. Porque el peligro de la democracia en Cataluña, sus enemigos no sólo están en Barcelona, también lo están en Madrid. Una vez más lo estamos viendo estos días. Frente a la violencia, la única respuesta es la de no atender a la llamada de Torra. Y ya está. ¿Así va a continuar el Presidente Sánchez? Así hasta el día del juicio final. Torra seguirá llamando y Sánchez seguirá no contestando. El peligro de Cataluña también está en Madrid.

Durante la Guerra Civil, la tercera España sufrió los embates de unos y de otros. Fue menospreciada, castigada, represaliada… hasta la inexistencia. El problema de la otra Cataluña es, también, la de estar en medio entre la «nazionalista» y la conllevanza españolista. La de aquellos que se empeñan en que hay que seguir empujando (Torra) y la de aquellos otros, desde Madrid, que creen que hay que conllevar, incluso, dar más competencias. Que negociando se puede alcanzar un acuerdo que haga desaparecer la tensión. Es la que sueña con el tripartido en Cataluña y el gobierno de izquierdas en Madrid.

El «nazionalismo» necesita unos años más (¿diez años?) hasta que sus cachorros sean tan mayoritarios (porque se habrán muerto los de la resistencia), que la independencia será un hecho. Lo que la política no ha conseguido, la demografía lo hará realidad. Temo más a la España sorda que a la Cataluña emprenyada.

Catedrático de Derecho Administrativo Universidad Pompeu Fabra

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