Rompamos el empate a cero

Economia, EXPANSION, Opinión

Decenas de miles de personas se concentraron en Barcelona en defensa de la Constitución y contra el ‘procés’.

No podemos conformarnos con «empatar» con esa Cataluña que excluye a los no nacionalistas y que lleva muchos años educando en el odio y la mentira. Ya es hora de que tomemos la iniciativa.

Desde hace algún tiempo se escucha la apelación que se hace desde el mundo democrático pidiendo que se tenga en cuenta que existe una Cataluña que trabaja, que estudia, que ríe, que incluye, que suma, que construye, que se manifiesta pacíficamente… frente a una Cataluña violenta y excluyente que está empeñada en romper los vínculos de ciudadanía.

También es común escuchar la voz de la otra Cataluña, la de aquellos que justifican la violencia (la física y la social, la institucional y la callejera) apelando a un pretendido derecho de los pueblos o al más manipulado aún derecho a la libertad.

No hay posibilidad alguna de que la democracia sobreviva si se mantiene, siquiera intelectualmente, que es posible el empate a cero entre ambas posiciones. No es compatible la democracia y la subversión del orden establecido. No se puede pactar con las dificultades, o las vencemos o nos vencen, que diría Ungaretti. O triunfa la democracia o triunfa el totalitarismo; así de sencillo.

Quienes tenemos edad para haber vivido la Transición (aunque los protagonistas fueran nuestros mayores) aprendimos que todos los proyectos políticos son respetables y discutibles siempre que en ellos se den dos condiciones: que para triunfar no requieran eliminar al adversario (la necesidad de justificar el método, en palabras de Camus); y que se sitúen dentro de la ley.

Quienes hemos nacido y vivido en Euskadi sin ser nacionalistas conocemos bien las consecuencias de dar la batalla contra el totalitarismo nacionalista. También sabemos que no es sólo el método -violencia física o institucional- lo que resulta ilegítimo, que lo ilegítimo es el propio objetivo cuando para triunfar han de utilizar métodos fascistas, antidemocráticos. Acuérdense de lo que cuentan las crónicas de aquella primera conferencia que dio Otegi en la Universidad de Barcelona, cuando en tiempos de Zapatero se convirtió en un «hombre de paz». Un estudiante le hizo ver que había muchos más vascos que no querían la independencia que los que la defendían; Otegi contestó lacónicamente que sí, que les sobraban 500.000…

La segunda causa de ilegitimidad de un proyecto político es la falta de respeto a las leyes, pues si para que triunfe una idea política ha de ignorarse el respeto a las reglas del juego, es la propia idea la que no merece ser respetada ni considerada como una más en el juego democrático.

Esas dos ilegitimidades de origen son la esencia de la Cataluña que destruye. No podemos conformarnos con «empatar» con esa Cataluña que excluye a los no nacionalistas y que lleva muchos años educando en el odio y la mentira dentro del territorio catalán y haciendo campañas de desprestigio a la democracia española y sus instituciones en toda Europa. Ya es hora de que tomemos la iniciativa.

La batalla por la legitimidad democrática de nuestras instituciones supera la acción de cualquier partido, incluso la del propio Gobierno de la Nación, aunque en el momento actual eso último no suponga ningún riesgo: Sánchez está más cómodo con los que organizaron el golpe que con los que, acertada o torpemente, tratan de que no se den las circunstancias de que vuelva a repetirse.

La batalla por la legitimidad democrática, en los tiempos que corren, es simple y llanamente una batalla por la democracia. Es la batalla por la defensa de lo obvio: la libertad y la igualdad. La batalla por la democracia que hoy estamos obligados a dar supera las siglas y las ideologías; está muy por encima de las querencias partidarias, del recuerdo o de la fidelidad del voto… En circunstancias ordinarias la ideología es un referente para dejarse guiar cuando vamos a las urnas. Pero cuando lo que está en juego es el propio sistema de valores democráticos significa que ha llegado el momento de pensar a lo grande.

La batalla por la legitimidad democrática nos convoca a todos: a los hombres y mujeres que militan en los partidos políticos (una inmensa minoría de españoles) y a los hombres y mujeres sin partido y con plenos derechos, con voz y voto, que somos la inmensa mayoría de los ciudadanos. Tengo para mí que si fuéramos conscientes de que lo que se va a dirimir en las urnas es el futuro de la España democrática que conocemos actuaríamos de forma muy parecida a como lo hicieron quienes protagonizaron la Transición. Los protagonistas de la Transición no buscaron el empate porque sabían que eso significaría el fracaso e impediría construir la democracia. En la Transición, la democracia ganó por goleada, y buena prueba de ello es que alumbró nuestra Constitución, una de las más garantistas y avanzadas del mundo.

El día 10N compiten en las urnas dos proyectos que no son estrictamente ideológicos ni responden al clásico izquierda versus derecha. Lo que vamos a decidir entre todos y con nuestro voto es si el proyecto totalitario es compatible (negociable) o no con el proyecto democrático. Lo que se va a decidir es si cabe, o no, el diálogo -el reconocimiento como iguales- entre los demócratas y aquellos que se saltan las reglas democráticas. Lo que se va a decidir es si mantenemos la ficción del empate a cero entre la Cataluña que trabaja y la Cataluña que destruye o dejamos de engañarnos y apostamos por ganar de una vez por todas.

El reto que hoy se nos planta es desideologizar la defensa de lo que es común: la libertad, la democracia, el imperio de la ley. Tengo esperanza; porque la inmensa mayoría de españoles estamos encuadrados en lo que mi amigo Fernando Iwasaki define acertadamente como votantes nómadas. Y tengo para mí que el voto nómada y sin complejos va a asumir el reto de desideologizar la defensa de lo obvio y que va a romper, de una vez por todas, el eterno empate a cero.

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