Cinco eternos candidatos y un adoquín que nos desconcierta a todos

Economia, EXPANSION, Opinión

Albert Rivera, ayer.

Parecía el debate más importante de la Democracia y fue un buen espectáculo, a la altura, siempre en clave interna, del Canelo-Kovalev. El combate de lo que va de siglo. El bipartidismo no daba tanto juego. Con cinco candidatos en liza se notó desde el principio el trabajo soterrado de un buen número de creativos. Rivera llevaba un adoquín guardado en el bolsillo y Pablo Iglesias saludaba en público a las señoras de la limpieza. Sánchez tenía varios anuncios que iba soltando en medidas dosis: que si una nueva asignatura para la concordia desde la educación, hasta nuevos ministerios.

La única cuestión pendiente era saber quién dispararía contra quién. Y todos dispararon contra todos. Todo lo demás era conocido. Sánchez quería convencernos de que él era el único proyecto posible para España y por eso pidió desde el principio un acuerdo: que se deje gobernar a la lista más votada. Estaba claro que Sánchez no lo tiene claro, entre otras cosas porque las diferencias que han hecho imposible la formación de un Gobierno siguen vigentes y lo seguirán después del 10-N. Pactar con Iglesias, con el tema catalán de fondo, ayer de plena actualidad, puede ser para el PSOE una sobredosis de heroína. Y hacerlo por razones económicas es otra forma de suicidio. El impuesto a la banca, el salario mínimo en 1.200 euros, la intervención del mercado del alquiler, la revalorización de pensiones con el IPC o la creación de una eléctrica pública que propuso Pablo Iglesias son incompatibles con la vicepresidencia económica para Nadia Calviño que anunció Sánchez. Tan incompatible que el líder de Podemos lo captó al vuelo. No me quiere debió pensar. A estas alturas parece claro que el Gobierno progresista del que hablan Iglesias y Sánchez no se parecen en nada.

¿Qué Gobierno va a salir después del próximo domingo? Sigue siendo una incógnita y si sale, tendrá un futuro más que complicado. Casado pretende ser el voto útil de esa derecha que cree haber superado ya el trauma de la corrupción, a pesar de que Rivera y otros candidatos se lo recordaron varias veces a lo largo del debate. Por eso reivindicó la gestión y la experiencia que le avalan y anunció una bajada de impuestos que considera el único bálsamo para relanzar la economía. Casado aspira a reunificar el voto de la derecha, pero ni Albert Rivera ni Santiago Abascal se lo van a poner fácil ni van a dar un paso al lado, y esa, a día de hoy, es la mayor garantía con la que cuenta Sánchez para seguir siendo la única alternativa. Abascal tenía claro cuál era su papel en el debate. Él sabe que no va a ganar las próximas elecciones generales, pero sabe a quién dirigirse. Por eso calificó a todos sus compañeros de sala de progres e hizo propuestas que al resto les sonaron como cañonazos desmedidos. Abascal hablaba de tratamiento a la inmigración ilegal o la suspensión de la autonomía en Cataluña sin despeinarse. Hablaba de ilegalizar partidos e incluso de acabar con las autonomías con la naturalidad de quién no tiene medidas. Y cuando todos pensaban que desenterrando a Franco daría su atuéntica medida y perdería las formas supo lidiar con el tema. Se mostró como un defensor del espíritu de la Constitución, amenazado por ETA, y reclamó la labor de otros socialistas que supieron estar a la altura de la reconciliación.

Fue un gran espectáculo, pero no servirá para nada. El próximo lunes no habrá un claro Gobierno para España. Cataluña sigue cayendo por la pendiente y la desaceleración está cada vez más cerca. No puede haber unas próximas elecciones porque todos, de una manera u otra, participarán para que no se repitan. El Gobierno que salga del 10-N nos aboca a otro debate en no mucho tiempo.

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