¿En que tómbola nos tocó el multipartidismo?

Economia, EXPANSION, Opinión

La proliferación de partidos ha convertido el discurso político en una tómbola.

El fin del bipartidismo y la irrupción del multipardismo ha dinamitado el Pacto de Toledo. Los nueve millones de pensionistas son el arma arrojadiza de la batalla electoral. Decirle a un futuro abuelo que su pensión está garantizada, sin hacer nada, es más grave que abandonarle en una gasolinera.

Mayor competencia no siempre significa mayor eficiencia. En el ámbito de la política, la proliferación de partidos, lejos de enriquecer la democracia, ha acabado por obstaculizarla. La primera consecuencia de esta segmentación es que millones de votos en los territorios acaban muchas veces sin representación de ningún tipo. Se habrá ganado en matices, se han multiplicado los eslóganes y se ha disparado la imaginación para mayor gloria de los creadores de memes, pero ahí se acaba toda la magia. La división de los bloques políticos en pequeñas formaciones, muchas de naturaleza populista, ha provocado una segunda pandemia: la imposibilidad de formar gobiernos estables, capaces de tomar medidas impopulares, cuando más se necesitan. Ojalá me equivoque, pero o la realidad desmiente con rotundidad a las encuestas o difícilmente surgirá una coalición estable a partir de mañana. Y a eso contribuye sobremanera la proliferación de los pequeños liderazgos.

Hay una tercera razón para maldecir al multipartidismo y añorar al bipartidismo: el sacrificio de la responsabilidad. La política, como un ejercicio de responsabilidad de muchos profesionales (que hacían un parón en su vida para dedicarse por vocación al colectivo) para mejorar con criterio la vida de una sociedad, se ha transformado en la trinchera de muchos oportunistas, que ven en el desencanto de la gente la ocasión para colarse en la fiesta y hartarse de canapés. Les da igual que cada vez que abran la boca mueran centenares de gatitos en el mundo con tal de hacerse un hueco en el Congreso de los Diputados. Recuerdo a principios de los ochenta en una tómbola a un feriante, micrófono en mano, cantando un soniquete sin parar: “Le damos la chochona, le damos el carné, le damos el reloj y le damos el champán. Champán, champán, champán, champán de L’Aixertell, del que anuncia el Orson Welles y el Adolfo Marsillach”. La gente, mucha de avanzada edad, compraba boletos y más boletos y la chochona no se movía de su sitio. No creo que al feriante le dieran un Grammy por la canción, pero era tan insistente y el verano estaba siendo tan agradable que a varios amigos se nos quedó la pieza en la cabeza como quien se aprende La Canción del Pirata. Pues con la proliferación de partidos ha pasado igual. Se repiten consignas falsas constantemente y el personal babea como el perro de Paulov cuando suena la campana, pero no hay nada que comer.

Dos cuestiones ilustran perfectamente esta anécdota. La primera es la utilización que están haciendo los partidos de las pensiones. La irrupción del multipartidismo ha supuesto la defunción del Pacto de Toledo, posiblemente uno de los mayores acuerdos de nuestra joven democracia, y ahora los nueve millones de pensionistas son el arma arrojadiza de la batalla política. Deben saber nuestros abuelos que lo que están haciendo con ellos cuando les dicen alegremente que las pensiones están garantizadas es más grave que abandonarlos en una gasolinera. A ningún político español le gusta recortar las pensiones. Zapatero en 2011 lo hizo al elevar la edad de jubilación hasta los 67 años, situar en 25 años el cálculo de la base reguladora y establecer la condición de cotizar al menos 37 años para jubilarse con el 100% de la pensión. Dos años después, Rajoy le dio otra vuelta de tuerca a la sostenibilidad de la pensiones con un nuevo recorte al desenganchar su actualización del IPC y poner tope a las subidas en el 0,25%. Además introdujo un factor de sostenibilidad por el cual se recortaba en un pequeño porcentaje la pensión a medida que la esperanza de vida iba creciendo. ¿Por qué el idealista que se apareció a los mineros en Rodiezmo o el registrador que amaba a su país iban a querer castigar a nuestros esforzados mayores? Pues porque no había más remedio.

En 2008 había 7,6 millones de pensionistas y 20,7 millones de ocupados y el gasto en pensiones anual ascendía a 98.000 millones de euros. Hoy los nueve millones de pensionistas cobran cada año 153.000 millones de euros, que deberían ser abonados por los 19 millones de trabajadores. Lo cierto es que las cotizaciones de estos no llegan y el déficit anual supone ya 20.000 millones. Es decir, cada vez menos trabajadores se hacen cargo de más pensionistas y está tendencia se va a agudizar en las próximas tres décadas. Cargarse las reformas de Zapatero y de Rajoy lo único que logra es que el agujero crezca exponencialmente. Y los agujeros no desaparecen por arte de magia, solo se trasladan en el tiempo. Volver a indexar las pensiones al IPC lejos de garantizarlas conduce a la quiebra del sistema. Si los futuros pensionistas quieren tener una pensión digna no deberían fiarlo todo a que se lo escriban en un papel, aunque sea en la Constitución. Eso no deja de ser un placebo, un engañaabuelos.

Los estados de bienestar no se construyen sobre papeles sino sobre economías modernas. Economías en las que hay grandes empresas -llámese Ibex 35 o lo que sea-, fondos de inversión, respeto a la propiedad, instituciones solventes, una importante clase media y también ricos y con fundamento. Si un político le dice a un abuelo que le garantiza la pensión y al mismo tiempo echa pestes de todos o de algunos de estos elementos fundamentales es un signo inequívoco de que tiene intención de abandonarle en la gasolinera a las primeras de cambio.

La segunda cuestión que ilustra la anécdota es la crisis del modelo territorial. La ingobernabilidad ha resultado ser el balneario en el que disfruta el nacionalismo. El bloque de la izquierda y el de la derecha se repartirán mañana alrededor de 155 escaños cada uno y en el centro se situará una bisagra nacionalista con más de treinta escaños que se regocija por la imposibilidad de acuerdos en el centro del Estado. En el debate del jueves Inés Arrimadas avanzó que es necesario una reforma de la Ley electoral para recortar la sonrisa de todos aquellos que juegan en contra del interés general. Si usted no reúne un 3, 4 ó 5% del voto no puede estar en el Congreso de los Diputados. Si el multipartidismo ha venido para quedarse, al menos habría que ponerse de acuerdo para que los ciudadanos no sean rehenes de nadie.

Director Adjunto de Expansión

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