La España para no dormir con la que sueña Iglesias

Economia, EXPANSION

El secretario general de Podemos se encuentra hoy más cerca que nunca de acceder a la Moncloa tras el pacto alcanzado con el líder socialista a principios de semana, a pesar de que la formación morada cuenta en la actualidad con menos de la mitad de escaños que en 2016. Tras el veto a su persona después de los comicios del 28-A, Pablo Iglesias podría convertirse ahora en vicepresidente del Gobierno. ¿Cuál es la España que le gustaría diseñar al líder morado si le dejaran?

«El derecho a portar armas es una de las bases de la democracia». ¿Santiago Abascal? No, Pablo Iglesias en noviembre de 2012, defendiendo el derecho de los americanos a llevar armas, un año y pico antes de que su ensoñación con un presunto paraíso comunista en España le llevase a crear Podemos junto a un grupo de camaradas politólogos, entre ellos el hoy escindido Íñigo Errejón. Podemos es hoy un proyecto deshilachado por las discrepancias y ambiciones personales de sus líderes y fundadores (de los 71 escaños logrados en 2016, cuando veía posible el sorpasso al PSOE, ha pasado a 35). Sin embargo, está más cerca que nunca del poder.

Sánchez e Iglesias anunciaron a principios de semana un acuerdo para forjar un «Gobierno progresista de coalición», eufemismo para referirse a una amalgama de pactos con partidos de intereses heterogéneos, sin un proyecto claro para España y cuya sola posibilidad ha desatado el miedo entre empresarios, inversores y ahorradores.

En una carta dirigida a la militancia, el líder de Podemos admitió el jueves que su posición minoritaria en un Ejecutivo de coalición les obligará a «ceder en muchas cosas» y comportará «muchos límites y contradicciones» a la hora de construir la utopía que anhelan. «Recordad que el cielo se toma con perseverancia», escribió en la misiva.

Pero, ¿quién es en realidad Pablo Iglesias? ¿Cuál es la España con la que sueña si pudiera aplicar todas sus recetas? ¿Cuáles son sus grandes referentes políticos? ¿Y su concepto de democracia? ¿Por qué aseguraba Sánchez hasta hace apenas una semana que con Iglesias en la Moncloa no dormiría tranquilo aunque ahora esté dispuesto a compartir con él sus noches de insomnio en el poder?

Pablo Iglesias y los fieles de la nueva religión del populismo radical, fervientes admiradores del experimento bolivariano, de desastrosas consecuencias en países como Venezuela, Bolivia, Ecuador o Nicaragua, y de inspiraciones marxistas y leninistas, se nutrieron del descontento ciudadano ante los estragos de la crisis para plantar su semilla y crecer, lanzando la promesa de construir una inabordable utopía social, de rentas básicas universales, servicios gratuitos, pensiones mínimas que duplican a las actuales y presunta justicia fiscal… A cambio -eso sí- de anteponer lo público a lo privado expropiando todo lo expropiable, de calcinar a impuestos a empresas y profesionales, y de renunciar a importantes cuotas de libertad por nuestro propio bien, porque como decía su admirado Lenin «es cierto que la libertad es algo precioso, tan precioso que debe ser racionada cuidadosamente» en aras de un supuesto interés general.

Aún retumba en las redes sociales el eco de las palabras de Iglesias cuando afirmó que «la propiedad privada tiene que estar subordinada al interés social. ¿Qué es lo que haría un gobernante decente? Expropiar. Ser demócrata es expropiar, aunque os duela», afirmaba. Un extravagante concepto de la democracia que en boca del líder de Podemos tanto sirve para justificar la confiscación de bienes o la intervención de los precios del alquiler como para despedir a un dictador: «Los demócratas hemos perdido a uno de los nuestros, Hugo Chávez», afirmó en marzo de 2013 al conocer la muerte del mandatario venezolano, cuyo sucesor en el cargo, Nicolás Maduro, ha rematado la labor que iniciara su comandante convirtiendo un país rico en recursos naturales en un absoluto yermo económico.

Giro socialdemócrata

Tras las elecciones generales en 2015 y ya con carta de naturaleza en las instituciones, Iglesias y sus huestes revistieron su hasta entonces indisimulada concepción marxista-leninista de la política con una pátina de socialdemocracia ante la necesidad de amoldar su discurso al «Gobierno progresista» que negociaban entonces con el PSOE.

Fue el embrión del proyecto Frankenstein que lleva sobrevolando España desde entonces, como pájaro de mal agüero, y que ahora intentan resucitar aun a costa de quitar el sueño a millones de españoles ante la perspectiva de que su futuro dependa no solo de las veleidades del populismo más radical, con brotes de anticapitalismo y maneras antisistema, sino de quienes, como ERC o Bildu, buscan romper el país desde dentro, desde el corazón mismo de sus instituciones democráticas.

El psicólogo austriaco Alfred Adler dijo que «es más fácil luchar por unos principios que vivir de acuerdo con ellos», máxima que se ajusta como un guante a la flexibilidad con que Iglesias se aplica su propia doctrina ideológica. Porque es cualquier cosa menos coherente desgañitarse criticando a la «casta» y preguntarse si «¿entregarías la política económica del país a quien se gasta 600.000 euros en un ático de lujo?», en alusión al que después sería ministro de Economía, Luis de Guindos, y pocos años después, subido ya en la rueda del poder institucional, adquirir un chalet en Galapagar por un precio similar, si no superior. Una contradicción flagrante con los principios que hasta entonces decía defender y que desencadenó una tormenta de críticas en el seno de la propia formación morada. El líder supremo no predicaba con el ejemplo. Lejos quedaba su pregonada intención de seguir viviendo en el Puente de Vallecas y aquello de que los políticos debían fijar su residencia en un lugar donde supieran de primera mano «lo que es coger el transporte público».

Dirigismo económico

Iglesias y Podemos han limado algunas asperezas de su discurso económico, silenciando promesas tan arriesgadas para un Estado occidental y miembro de la UE como el impago de la deuda pública. «Me gusta quien moviliza al ejército para decir a los mercados: ¡cuidado, que las pistolas ahora las tengo yo!», afirmaba en lenguaje belicista Iglesias en 2015 en uno de sus programas de televisión, una mina para los biógrafos del líder de Podemos y una maldición para el propio Iglesias, atrapado para siempre en la hemeroteca de sus controvertidas afirmaciones y contradicciones. Pero ese delgado barniz no impide que a la superficie de su ideario anticapitalista afloren afanes tan alarmantes para la economía, hoy en un entorno de galopante desaceleración, como el fin de la austeridad; la promesa de llevar el gasto público hasta cotas astronómicas para fabricar una España subsidiada, de salarios mínimos de 1.200 euros y renta básica universal por hasta ese mismo importe (¿quién trabajaría entonces?); revertir la reforma laboral de Rajoy y, si pudiera, también la más tibia de Zapatero de 2010; blindar por ley la subida de las pensiones con el IPC, en un sistema que prácticamente está en quiebra con una deuda récord de más de 52.000 millones de euros y un déficit anual superior a los 17.000 millones. Sin olvidar la creación de una gran banca pública con la completa estatalización de Bankia como punta de lanza. Intervencionismo económico frente a libertad de mercado. «Un Gobierno no puede salir un día y abolir la economía de mercado, no se puede, ya me gustaría a mí», dijo en octubre de 2014 en una entrevista en el programa Salvados.

Rodillo fiscal

Iglesias buscaría financiar su edén con subidas masivas de impuestos y otros tributos de nuevo cuño para recaudar hasta 80.000 millones más en los próximos años: IRPF de hasta el 55%, tijeretazo a las deducciones de los planes de pensiones, subida de la tributación de las rentas de capital, armonización al alza de Sucesiones y Donaciones, un tipo mínimo del 15% en Sociedades, imposición de las tasas Google y Tobin, incremento de cotizaciones para los autónomos, y un largo e inquietante etcétera.

Un negro nubarrón impositivo y de intervencionismo económico que espanta a la nueva inversión y que ya ha provocado un aluvión de consultas de empresas e inversores a despachos de abogados para guarecerse del rodillo fiscal que propugnan Sánchez e Iglesias. Adelantos en el pago de dividendos, en las reorganizaciones societarias e incluso posibles cambios de residencia al extranjero, movimientos telúricos que, lejos de las ensoñaciones del líder morado, no traerían mas bienestar social sino menos por su impacto negativo en la actividad económica, en la creación de empleo o en la llegada o permanencia de inversiones. Un cóctel letal que haría inviable el castillo de naipes recaudatorio edificado en el aire por Iglesias.

¿España desmembrada?

Para Pablo Iglesias el concepto de unidad nacional es tan difuso que incluso parece opcional. O al menos así se desprende de sus recetas para resolver la crisis independentista en Cataluña: un referéndum pactado. «La gestión viable del conflicto en Cataluña pasa por construir un proceso de reconciliación que permita el diálogo y llegar a acuerdos. Apostamos por un referéndum pactado en el que Podemos defenderá un nuevo encaje para Cataluña en España», rezaba su programa electoral para el 10-N. ¿Qué sucedería entonces con el País Vasco? ¿Y con el resto de autonomías, históricas o no? ¿Abriría Iglesias la puerta a la desmembración del país, a la España invertebrada de la que hablaba Ortega y Gasset? El líder de Podemos soslaya que ninguna de las naciones occidentales contempla derecho alguno a dejarse cercenar uno de sus territorios, y que países como Francia o Noruega vetan expresamente esta posibilidad en su Constitución. «El Reino de Noruega es un Estado libre, independiente, indivisible e inalienable», reza el artículo 1 de la Carta Magna del país nórdico.

En el preacuerdo anunciado esta semana, PSOE y Podemos aseguran que «el Gobierno de España tendrá como prioridad garantizar la convivencia en Cataluña», para lo que «se fomentará el diálogo» con la región «buscando fórmulas de entendimiento y encuentro, siempre dentro de la Constitución». Una salvaguarda introducida a instancias socialistas que no representa más que una declaración de intenciones y que no neutraliza el desasosiego generado por el propio Sánchez cuando aseguró que no podría compartir Gobierno con quien habla de «presos políticos» y defiende la celebración de una consulta en Cataluña.

Espíritu controlador

Entre los aspectos que mejor definen la personalidad del líder de Podemos figuran sus afanes controladores y su alergia a lo privado, que parece agudizarse en lo que atañe a los medios de comunicación.

«Lo que ataca la libertad de expresión es que la mayor parte de los medios sean privados. Incluso que existan medios privados ataca la libertad de expresión, hay que decirlo abiertamente», afirmó en 2013. Para Iglesias, quien debe controlar los medios de comunicación debe ser «una cosa llamada Estado (…). Esto es una medida fundamental de cualquier Gobierno». Un ímpetu controlador que no se limita al aparato informativo, incluida la corporación pública RTVE, sino al mismísimo servicio de espionaje español, el CNI, que ya reclamó en las negociaciones con el PSOE hace tres años. Así es el Pablo Iglesias del que Sánchez renegaba hasta hace una semana y con el que ahora está dispuesto a cohabitar en la Moncloa: defensor a ultranza de la supremacía de lo público sobre lo privado y, por tanto, de la expropiación de bienes; anticapitalista; intervencionista en lo económico y lo social, enemigo de la libertad de horarios comerciales y de la educación concertada; de la libertad de prensa si los medios no los controla él; que percibe el modelo territorial de España como una suerte de club voluntario al que las autonomías pueden decidir poco menos que libremente si formar o no parte de él, y que no descarta convocar un referéndum sobre la monarquía aunque Felipe VI le parece «un tipo interesante». Un hombre que antes renegaba de la Constitución y del «régimen del 78» y que hoy enarbola un ejemplar exigiendo su cumplimiento.

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